La cumbre del desencanto
Con un poco de retraso (culpa del administrador del blog
), colgamos el resumen que hizo Carlos de Valencia sobre la cumbre de Copenhague:
Finalizada ya la Cumbre internacional de Copenhague, pese a que su sola realización haya supuesto un interesante avance simbólico en la lucha política contra el cambio climático, ha trocado la esperanza en un acuerdo vinculante en decepción al convertirse el encuentro como un absoluto fracaso. En la reunión acaecida en la capital danesa los grandes líderes mundiales, y también los representantes de las naciones pobres que se verán materialmente más perjudicadas por el cambio climático, discutieron los puntos que debía adoptar el acuerdo común y las directrices mundiales a seguir ante el problema del clima. Como conclusión, tras largos e intensos días de discusión, debate, propuestas y la presión de una enorme cantidad de personas y colectivos que pusieron toda su atención en la cumbre, sólo se ha conseguido alcanzar un acuerdo de mínimos no vinculante en el que los esfuerzos de cada país por reducir sus emisiones quedan como meras propuestas y en el que se relegan las cuestiones de mayor peso aplazadas para un próximo congreso en 2010.
El desarrollo de la cumbre también enlaza perfectamente con el tono, pobre e insuficiente, que ha tomado el acuerdo final, ya que no fueron escasos los problemas surgidos ante la multitudinaria presencia de activistas ecologistas y colectivos preocupados por la situación del planeta y las decisiones que los que nos gobiernan toman al respecto. Ante las masivas manifestaciones que se sucedieron en la capital, las autoridades danesas detuvieron de forma preventiva a casi un millar de manifestantes, considerando en ocasiones como criterio de detención la vestimenta de los mismos cuando era semejante a la propia de los Black Block, grupo antiglobalización conocido por sus comportamientos violentos en las grandes manifestaciones. En la sede de los encuentros políticos también se sucedieron los problemas, la organización, haciendo gala de una falta de previsión y prudencia, acreditó la entrada a una cantidad muy superior de delegados, periodistas y activistas a los 15.000 que el edificio del Bella Center permitía alojar. Este hecho, justificado por la organización como un error cometido al considerar erróneamente que la mayoría de estas personas acreditadas visitarían tan sólo temporalmente la sede de las reuniones, provocó considerables tumultos a las puertas del edificio y sirvió de excusa para limitar en los postreros días de la cumbre la entrada a una gran parte de los colectivos y ONGs ecologistas que presionaban con su presencia a los políticos pactantes.
Ya en los días iniciales se prestó fuerte importancia a la responsabilidad que en esta situación climática pesa sobre los países desarrollados y se acordó un fondo europeo de ayudas a los países den desarrollo, quienes recibirán unos 2400 millones de euros europeos al año para adaptar su tecnología a las necesidades ecológicas que nos acucian. Sin embargo, los principales emisores de CO2, EEUU y China, y pese a que EEUU también se ha comprometido a aportar una poderosa cantidad económica en ayudas, han destacado por no cumplir el papel que su posición les obligaba a adoptar, el de luchar y sacrificar intereses por un acuerdo vinculante y eficiente. Así pues, mientras que los países europeos incluso abrieron la posibilidad de aumentar sus límites de emisiones, estas dos naciones se mostraron reticentes a ver impelidas sus acciones internas por las decisiones que esta cumbre pudiese haber tomado, y su postura impidió el alcance de cualquier acuerdo de recorte vinculante. Esto se debe principalmente al fuerte peso que China, país emergente por antonomasia, está tomando internacionalmente y las dificultades que un obligatorio recorte de emisiones supondría a su rápido ascenso como superpotencia y a los férreos intereses americanos en el petróleo, siendo uno de sus fuentes de riqueza e incluso resultando motivo último de guerras recientes. Obama, pues, desilusiona en la cuestión climática tras obtener un Nobel de la paz y mostrar un talante reformista en otros asuntos, reflejando su debilidad ante esta problemática frente a los fuertes intereses de las grandes multinacionales americanas y el partido republicano, opuestos radicalmente al recorte de emisiones.
El asunto no queda sólo aquí, el sistema de la ONU, motivo de críticas posteriores, provocó el rechazo de cinco países, Bolivia, Venezuela, Nicaragua, Cuba y Sudán, que mantuvieron durante diez horas el acuerdo de mínimos en suspenso. Críticos con el modo en que se redactó el texto, tras una reunión a puerta cerrada de los cinco países más poderosos y con el posterior beneplácito de los europeos, estas naciones se opusieron a votarlo a favor siendo imposible su aprobación al no devenir de un total consenso. El representante sudanés incluso llegó a afirmar que esta metodología seguía el mismo ideario que llevó a miles de judíos a la muerte en los campos de concentración nazis, con una posterior sarta de duras críticas de otros representantes. Posteriormente, el presidente de Maldivas, Mohamed Nasheed, presente hasta el final de la cumbre, les imploró con éxito que dejaran de bloquear el acuerdo, ya que con su postura, impedían la puesta en marcha del fondo de ayudas a los países pobres, por lo que estos aceptaron finalmente firmarlo.
La cumbre concluyó por tanto en un escueto acuerdo, como hemos visto, no vinculante, en el que se consolida el problema del clima como uno de los retos mundiales de nuestra era, todas las propuestas de recortes quedan como meras intenciones, se aplaza cualquier acuerdo que continúe la estela de Kyoto a próximas negociaciones y del que tan sólo podemos apreciar con agrado las ayudas acordadas. Que el cambio climático cobre un espacio importante en las agendas políticas internacionales significa un amplio avance, sin embargo, las medidas adoptadas por el acuerdo de Copenhague resultan pobres e insuficientes. Si realmente queremos acabar con el exceso de emisiones de CO2 a la atmósfera y revolucionar el sistema energético y productivo en vistas a un modelo sostenible y coherente con la naturaleza, debemos exigir mucho más a todos los políticos del mundo y especialmente a los líderes de los países más ricos y más contaminantes. No nos regodeemos en el pesimismo en el que Copenhague nos ha instalado y hagámoslo posible.




